El informe PISA Cataluña: entre la estupidez, la malicia y el fraude

Hablar del «oasis catalán» en términos educativos se ha convertido, a estas alturas, en un ejercicio que requiere una dosis monumental de fe o un cinismo a prueba de balas. El modelo educativo catalán se ha consolidado, sin lugar a dudas, como un fracaso estrepitoso. No es una valoración subjetiva nacida del resentimiento de un barcelonés expatriado, es un hecho pertinazmente documentado por los informes PISA anteriores. Estos estudios internacionales llevan años actuando como los molestos notarios de una debacle que las instituciones catalanas intentan disfrazar de «éxito singular», demostrando que cuando la ideología entra por la puerta del aula, la excelencia salta irremediablemente por la ventana.


Ingeniería social para principiantes: El triunfo de la mediocridad

Si uno analiza el sistema sin las gafas de la propaganda, la conclusión es tan evidente como aterradora: el verdadero objetivo no es enseñar matemáticas, ciencias o comprensión lectora, sino la manipulación sistemática de la juventud directamente desde las aulas. El sistema educativo ha sido secuestrado para servir a propósitos que poco tienen que ver con la pedagogía y mucho con la demografía política.

Para garantizar unas generaciones dóciles, moldeables y afines al proyecto independentista, la brillante estrategia institucional ha consistido en bajar el nivel académico de los estudiantes. Han apostado deliberadamente por la «estupidez» generalizada como herramienta de control social. Al priorizar el adoctrinamiento sobre el conocimiento y la asimilación de mantras sobre el debate plural, las aulas se han transformado en un entorno intelectualmente empobrecido donde se atrofia de forma crónica la capacidad de análisis crítico de los alumnos.

PISA 2025: Cuando la malicia se disfraza de «error de muestreo»

Y entonces llegó la preparación para el informe PISA 2025. De repente, más del 23% de los alumnos catalanes seleccionados para la prueba (cuando el límite de la OCDE es un generoso 5%) fueron catalogados como «exentos». Desde la Generalitat se apresuraron a encogerse de hombros, balbuceando excusas sobre confusiones de criterios y problemas de transición institucional.

¿Un simple error administrativo continuado y generalizado en decenas de centros? La navaja de Ockham nos sugiere otra respuesta: pura y dura malicia institucional.

La exclusión masiva de alumnos no tiene nada de fortuita. Es una maniobra deliberada para intentar ocultar a nivel internacional el fracaso absoluto y las inmensas carencias del sacrosanto modelo de integración lingüística y académica. Si los alumnos que peor dominan las competencias no realizan el examen, la estadística no reflejará el agujero negro del sistema. Ojos que no leen el informe PISA, corazón nacionalista que no siente el desastre.

El gran reparto de culpas: ¿Quién es el tonto y quién el malo?

Este esperpento nos deja ante una disyuntiva fascinante sobre la autoría del desastre, un ecosistema perfecto alimentado por la malicia de unos y la estupidez de otros.

Por un lado, queda sobradamente demostrada la «estupidez» de la Generalitat al gestionar sus propias trampas con tanta torpeza que hasta la OCDE, poco dada a estridencias, ha tenido que invalidar los datos e interrumpir la serie histórica autonómica. No han sabido ni hacer trampa con disimulo.

Por otro lado, nos encontramos con el papel de los centros y el profesorado, convertidos en engranajes fundamentales para la transmisión de la ideología nacionalista. Esto nos deja una duda más que razonable: ¿fueron estos docentes y directores cómplices necesarios, movidos por la malicia de tapar las vergüenzas de su propio sistema, o fueron simples ejecutores burócratas, empujados por la estupidez de seguir directrices confusas sin cuestionar su impacto ético y profesional? Probablemente, la historia los juzgue como una mezcla letal de ambas condiciones.

El «éxito» del procés: arruinar el futuro de los catalanes

Ocultar el colapso educativo de Cataluña ya es misión imposible, incluso intentando sabotear los muestreos de los organismos internacionales. La realidad es testaruda y el nivel académico de los jóvenes catalanes habla por sí solo cada vez que se enfrentan a un entorno competitivo real fuera de la burbuja autonómica.

Queda una última reflexión, tan triste como real: sacrificar el desarrollo intelectual y las oportunidades futuras de cientos de miles de estudiantes en el altar de la “nació” resulta ser, paradójicamente, la obra cumbre y el mayor logro de estos ingenieros sociales.

Al final, han conseguido exactamente lo que querían: un país muy suyo, habitado por ciudadanos una mica rucs a los que han despojado cuidadosamente de las herramientas necesarias para cuestionar a sus propios líderes y los 40 años de ingeniería social pujolista.